Las
instituciones de educación superior deberán
convertirse en centros de liderazgo pleno de la
Nación en todos sus ámbitos de trabajo,
que las ubiquen como uno de los principales actores
en el proceso de transformación de la sociedad.
Este
nuevo liderazgo y poder simbólico nacional
deberá asentarse sobre bases sólidas
de una filosofía renovada en los campos
académicos y administrativos, en sus funciones
básicas de docencia, investigación
y proyección social.
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